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Aventuras del velero Brisa navegando rumbo a Uruguay
28 December 2021

En Alta Mar

Empecé un viaje de doscientas cincuenta millas náuticas el jueves, 23 de diciembre. Salí de Ensenada de los Muertos para la Isla Isabela por la embocadura del Golfo de California. Me he esperado cinco días cuando el mar estaba un poco rugoso, con olas de dos metros y periodo corto. Lo que encontré fue un mar liso con vientos suaves. Fue perfecto para mi primer viaje en alta mar.

Día uno, Jueves, 23 Diciembre

Empezando, pensé en Colón, como nos enseñan en la escuela primaria, navegando hacía el horizonte estrecho, hacía el borde del mundo, hacia el desconocido. No soy Colón. Muchas han hecho lo que hago. Casi una docena salieron de Ensenada de los Muertos cuando yo esperé allí. Ese recuerdo me tranquiliza. A mí me digo, “Ponga la proa a la marca, se vaya adelante sin demasiado de vela. Vas a llegar. Hace días, vas a llegar.”

Con el atardecer el viento disminuye. Un barco crucero pasa de popa, todo iluminado con luces brillantes, viendo al norte con doce nudos. Parece lujoso. Está oscuro sin la luna. Sigo directamente hacia la constelación de Orión.

Atardecer por el punto de la península Baja California

Día dos, Viernes, 24 Diciembre

Brisa está en los trópicos. Crucé al 23º 30’N, el Trópico de Cáncer, a las cuatro y media esta mañana. Desde ahora el sol va estar directamente hacía arriba dos veces por año. Sigo al sol.

Mi mente empezó a reproducir música de navidad. Es raro. Posiblemente porque por la red de radio alta frecuencia hablan mucho sobre el tema. Necesitaba reproducir toda mi biblioteca de música por iTunes.

El velero Brisa a la deriva con calma

Día de playa en la isla pequeñita tropical de Brisa hoy. A la deriva sin viento miro al mar, cocino, coso la baluma de la vela, escucho la obra maestra de Handel unas veces. “El Messiah” es mi tradición favorita de temporada– un logro magnífico de Europa y Gran Bretaña.

Paz en Brisa. El mar lo he reajustado completamente con casi ninguna de olas y la superficie vidriosa. Paz con el mar. Paz por la tierra. Paz para todas.

Atardecer por el punto de la península Baja California

Día tres, Sábado, 25 Diciembre

Me he ido a la deriva con la corriente hacía el noreste. Me he cruzado de nuevo con el Trópico de Cáncer. Cuando vuelva el viento lo cruzaré una tercera vez.

A las diez vino viento del este sudeste. Vino ceñida a babor con la génova y la vela mayor desplegadas. Me siento chupando mate, pensando en Uruguay, mis amigos allí, cómo espero verles cuando llegue a Panamá. Pienso en mis hijos. Comparto mensajes por satélite.

Vi a tres lobos marinos negros sobre el agua, flotando, descansando. Cuando los aproximé uno de ellos se despertó. Sorprendido, asustado, se despertó a los otros y todos se fueron saltando más allá del velero.

A mediodía el viento para nuevamente. Estuve a la deriva unas horas. Cuando empecé navegar de nuevo estaba solo con suficiente viento para navegar contra la corriente. Navegué sin moverme. De la tarde viene con fuerza suficiente para ponerme al sudeste con dos nudos.

Alguien en la red por radio dijo que no sea demasiado avergonzado ir por motor. Para mi no es una pregunta de orgullo. Es un sentido estético. No me gusta el sonido del motor. Me encanta la paz, estar con vela, los sonidos de la naturaleza.

También, es la jornada. No es el destino. La experiencia de estar a la deriva en el mar abierto por un día fue nueva para mi, y lo disfruté. Después de eso siento felicidad al irme dos nudos por hora.

Día cuatro, Domingo, 26 Diciembre

Por la noche crucé al Trópico de Cáncer por tercera vez. Estoy de nuevo con los trópicos. Nunca he visto la línea discontinua en el mar. Está en todas las cartas. Quizá pasé entre las pizcas cada vez que lo crucé.

Buque de carga se levanta el mar por la proa

Un buque de carga, Ci Yun Shan, con colado de once metros me pasó detrás y solo una y media milla náutica a estribor. Viendo con catorce nudos, se levanta el mar por la proa unos dos o tres metros. Me alegra que no esté cerca con esta ola.

Otro velero me pasa cerca al babor. Va con motor. Nos compartimos saludos.

Un ketch pasa por la misma ruta, con motor

A mediodía estoy a la deriva de nuevo. Nado. Almuerzo. Me preparo para la próxima comida. Hace mucho que estaba en cualquier lugar tan quieto. El agua se riza por el palo del timón, soplando suavemente cuando el velero estremece con las olas suaves. Puedo oír cualquier suspiro del viento y sentirlo por mi cabeza y cuerpo. Mirando el agua vidriosa puedo ver los rizos más mínimos.

El agua es de color azul zafiro. Mirando entre eso me parece profundo, sin defecto, como una gema libre de imperfecciones. Es difícil saber la marca o orientarme excepto por sol y compás. Tengo sentido estar bajo en el fondo de una cuenca llana.

Agua azul zafiro

Tengo poco tinnitus. Puedo oírlo por la tranquilidad. Por suerte la música repetitiva me deja mi mente clara, con su ausencia. Fue asustado saltar del velero y nadar por el mar cuando estaba a la deriva. La primera vez me aterroricé. Agarré al cabo de seguridad inmediatamente y no lo salté. El velero no se va ninguna, pero es mi vida.

Con el atardecer vienen bobos que se sienten por las barandillas del púlpito, de la proa. No importa la vela gigante, mi génova, flameando adelante con viento ligero. Cuando les aproximo, no les importa ninguna. Quedan en su lugar obstinados. Se ponen sus colas afuera. Sin embargo su mierda mancha las barandillas y los planes del púlpito. Necesitaré limpiarlos.

Atardecer alta mar

Vi al planeta Mercurio. Es una vista rara, la primera de mi vida. Decir la verdad, no es mucho. Es poco amarillo, poco brillante, pequeño. Es notable porque es raro y difícil encontrarlo. Tan cerca con el sol, necesita estar en su orbito de arriba con el atardecer o el amanecer. Solo fue visible por veinte minutos.

Con Mercurio, en el oeste, tengo una mirada de todas los planetas visibles sin telescopio. Están en una línea por el eclíptico– Mercurio primariamente, después Venus, Marte y al fin Júpiter.

Día cinco, Lunes, 27 Diciembre

De la mañana estoy a la deriva de nuevo. Me extraño Uruguay. Estoy soñando con Montevideo– ir al cine, obras, conciertos, caminar por la rambla, visitar a las librerías, tomar café con amigos en el club Nautilus o algún café, escucho los tambores en Palermo. Tengo una cosa que tiene la Rambla– una buena vista del mar.

Hago una tarea de mantenimiento, para mejorar un problema con el sistema del agua potable. El aire entra a las mangueras por una válvula en el filtre. Está diseñado para un sistema sobre presura, para dejar escapar el aire. No está diseñado para un sistema como el mío, sobre succión. Deja entrar el aire. Por eso necesitaba cerrar la válvula permanentemente. Eso funciona bien. Tengo felicidad de haber mejorado esa pequeña parte de mi vida.

Con viento suave, pruebo volar el spi junto con la vela mayor. Pongo la escota del spi hacia un gancho a la cadena de la botavara, para quedar la escota del spi más afuera. Funciona, pero es torpe. Sigo con la génova con la misma velocidad. La génova es suficientemente larga y más maniobrable, más fácil de manejar. Los bobos sobre el púlpito de proa no importan el spi ninguna, incluso cuando lo arreglo, desplegarlo, y sacarlo. No se mueven.

Fiesta de los bobos

Al atardecer los bobos hacen una fiesta. Jueguen cuantos bobos podemos ponerlos en el púlpito de un velero. Su récord es más de una docena. Decido que es bastante. Su mierda es demasiado. Para ahuyentarlos necesito grabar un palo para empujarlos libre de la barandilla. Resisten. Quejen. Vuelan y vuelven. Después de quince minutos, con esfuerzo y persistencia, gané. No vuelven los bobos.

Decidí poner un palillo de incienso fijado a la luz de la proa. Posiblemente disuade a los bobos. Algunos vienen pero no les gusta el olor. Quizá es una solución. No necesito encenderlo.

Atardecer alta mar

Día seis, Martes, 28 Diciembre

A las cuatro de la mañana el viento para de nuevo. Necesité bajar las velas. Fue tan tonto, a las cuatro de la mañana. Intenté capear con la vela estay por viento ninguno. Necesitaba un minuto de lucha para realizar que no va a capear sin viento. Bajé todas las velas. Solo quería dormir.

De la mañana empiezo a navegar de nuevo con viento suave.

A mediodía experimento la primera vista de la tierra, una isla al sur. Es la Isla María Madre al oeste de mi destino, Isla Isabela. Estoy desanimado por verlo. Es una señal que este viaje amable va a terminar.

Isla María Madre lejos al sur

Mirando atrás veo una tuna saltando. Es plateado, brillante, esbelto, con cola bifurcada. Es gigante, con casi dos metros de largo, poderosa. Esa vista me hace sentir feliz de nuevo. Anoto como voluble está mi estado de ánimo. He empezado a hablar con mi mismo y responder.

Al atardecer no hay viento. Miro nubes aproximándose por el oeste. El pronóstico es que el viento va a girar hacia el sudeste– la marca donde necesito irme. No se que va a causar el cambio de viento. Decidido ir por motor por la noche y ponerme más al sur, entre la Isla María Madre y Isla Isabela, a poder navegar con el viento más hacia la banda de estribor de la mañana.

Atardecer alta mar

Día siete, Miércoles, 29 Diciembre

Durante la noche, después de cuarenta y cinco millas náuticas por motor, me lo apagué para quedarme a la deriva. Con el amanecer hay viento del noreste. Navego ceñida a babor hacia el este y la Isla Isabela ya visible. Al sudeste hay nubes y lluvia.

Una hora más tarde, el viento se intensificó y giró hacia el este. Ceñida, me puse más al sur de la isla. Si voy a navegar con vela, necesitaré bordejear primeramente hacia el norte, después hacia el sur de la isla. Las nubes y la lluvia me amenazan. No parecen como tormentas, pero no me siento cómodo. Mi amigo Alan me dijo que si tengo sentido de algo debo abordarlo.

Hay solo dieciséis millas náuticas antes de llegar. Decidido bajar la vela e irme por motor, para llegar tranquilo.

Aproximando a Isla Isabela desde el oeste

Aproximo a la isla. Franqueo su punto al sur. Pongo el ancla en un pedazo de arena en el fondo rocoso, al lado este de la isla al sur de un par de rocas cimas.

Por la tarde, no hago nada. Descanso. Miro las ballenas jorobadas y las fragatas magníficas pero casi no las veo. Estoy agotado, cansado. Al fin, fue un viaje de seis días, dos horas, veinte minutos. Navegué trescientos millas náuticas por una línea directa de doscientos cincuenta. He completado mi primer viaje con el mar abierto.

Carta del viaje

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