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6 June 2026

Tres semanas

El 20 de Mayo de 2026 salí del Puerto Saint Georges en las Bahamas para navegar a Horta, en la Isla Faial de las Azores. La distancia directa entre si es de mil ochocientas millas náuticas, o tres mil trescientos kilómetros.

Al inicio del viaje, vi cómo la luna creciente se hundía en el océano. Escorpio está saliendo. Contemplé la puesta de sol. Se ocultó de repente y volvió a asomar brevemente mientras el barco cabeceaba con el oleaje. Con la oscuridad, la estela brillaba con noctilucas.

Vista de popa de Brisa navegando

Al principio no dejaba de olvidar que estaba lejos en el mar, comprometido a semanas de navegación. La tierra más cercana estaba de regreso a las Bahamas o tal vez al norte, hacia Nueva York o Block Island. Un día, pensé, extrañamente, que podría cambiar de opinión y dirigirme a Nueva Inglaterra. Eso aún estaba mucho más cerca que las Azores. Sorprender a todos. Mudarme a Brooklyn.

Mar con brisa bonancible

Se me llenaron los ojos de lágrimas solo de pensarlo. No creo que ese sea mi destino. Ese es mi pasado. Aunque siento nostalgia por él, mi futuro está en Europa y en Uruguay. Como Don Quijote le dice a Sancho, en el capítulo XX: «Así que me ha puesto en corazón de acometer ahora esta tan no vista y tan temorosa aventura». Qué tarado soy.

Olas de dos metros

Se puede navegar por kilómetros y kilómetros y cientos de kilómetros y la vista nunca cambia. Solo el mar y el cielo cambian a tu alrededor. Ellos tienen el control. El océano lo reduce a lo esencial. La vida es así. Nuestro control es una ilusión. El mundo, el universo, hace lo que hace y nosotros elegimos cómo responder, nada más.

Mar con brisa flojo

Cocino, como, duermo, leo, escribo, miro el clima, medito, me comunico. Mantengo el orden en la cabina y arreglo las cosas que se rompen o necesitan atención. Además de eso, navego: mantengo el barco en movimiento hacia el destino y, en la medida de lo posible, alejado del mal tiempo, los vientos fuertes y las olas grandes.

Otro velero visto a distancia

Miro los pronósticos y desarrollo una estrategia. Luego manejo las velas y la dirección de navegación. Con el barco avanzando de manera constante, sigo observando y haciendo ajustes a medida que cambian las condiciones. No requiere tanta atención como conducir un auto, pero sí más que viajar en omnibús. Se parece más a pilotar un avión que a viajar en la parte de atrás.

Atardecer con sol filtrado

En la mañana de la única tormenta que sufrí, el cuarto día, había vientos fuertes y la vela mayor batía ligeramente. Se requirió concentración y una planificación y ubicación cuidadosas, movimientos cautelosos y posiciones corporales firmes para preparar café instantáneo y remojar unos copos de avena en agua caliente. Las olas que salpicaban sobre la parte superior de la cabina hacían que el agua casi se derramara por los bordes alrededor de la claraboya. Salí y le puse un tercer rizo a la vela mayor. El rizo estabilizó un poco el barco.

Seguía siendo agitado. Demasiado agitado para escribir con facilidad. Viento fresco. El mar seguía agitado, aunque se calmó mucho a lo largo del día. De vez en cuando sigue llegando una ola que golpea el costado del barco y se derrama sobre la cubierta de la cabina.

Después de eso, decidí evitar las tormentas.

En el camino he visto pocas criaturas:

Criaturas del mar

A veces no veo mucha vida en todo el día. No vi pardelas durante un tiempo. Divisé un par de delfines: las puntas de sus aletas dorsales por una fracción de segundo y desaparecieron. No se me mostraron. Un barco con el que me crucé dijo que habían visto una ballena, no muy cerca. Puede ser que no esté lo suficiente en la cabina de mando. Me quedo abajo la mayor parte del tiempo. Una tarde hacía calor y brillaba el sol. Me quedé en la cabina de mando calentándome al sol.

Velero deportivo encontrado por la ruta

Al final del viaje, por fin me encontré con delfines. Algunos jugaban con el barco. La mañana del penúltimo día, navegué entre una manada de delfines y una bandada de pardelas que pescaban. De la tarde decidí bañarme. Puse la defensa de bola naranja al final de un cuerda para seguridad. Me divertí una veleta usándolo para descansar.

Velella sobre la defensa

Asomo la cabeza afuera y miro a mi alrededor. A veces parece que el barco no se mueve en absoluto. El GPS marca cinco nudos. El océano en sí no tiene ningún punto de referencia para el movimiento. No hay nada por lo que esté pasando, nada flotando en la superficie que el barco rebase. Ya no hay sargazo. Solo hay olas de viento que se superponen a un largo oleaje que viene del oeste, elevando el barco a la cima de una larga colina con un vasto círculo de horizonte a su alrededor y luego bajándolo de nuevo a un valle con vista a la siguiente colina de agua que se aproxima.

La única indicación de que el barco se mueve en medio de todo este movimiento del agua es la espuma de la estela que se extiende desde el costado y el rastro de agua que sale de la popa, alisado por el paso del barco y decorado con hilos y rastros de espuma.

Mar tranquilo

La luna estuvo casi llena durante varios días del viaje, iluminando el mar por la noche. Hacia el final estaba menguando, a menos de la mitad. Salía tarde.

Una noche estuvo despejada con el mar en calma. Con esto viene la bendición de un espectáculo de estrellas. Mercurio es siempre una vista poco común, inmediatamente después de la puesta del sol. Ahí está, a ocho grados sobre el horizonte, brillando intensamente junto con Venus y Júpiter en el cielo occidental. La última vez que lo vi fue hace cinco años, en la travesía de Baja California al México continental.

Aquí en el océano, el cielo está oscuro. Busco estrellas tenues y cúmulos de estrellas que ya casi nunca se ven en ningún otro lugar. Aquí hay un bonito grupo llamado Coma Berenices en el espacio vacío entre la nariz del oso y la cola de Leo.

Al igual que al principio, el final del viaje disfrutó de viento lijero o escaso.

Proa de Brisa con viento ligero

Este viaje. Quizás solo unos pocos miles de personas hayan cruzado el Atlántico en solitario en un velero. Me impresiona que algunos lo hicieran con un sextante y observando el mar y el cielo. Mientras tuve batería, supe mi ubicación en el océano de una docena de maneras diferentes, con una precisión de unos pocos metros. Pude conectarme a la red global de Internet para ver pronósticos de viento, con días de anticipación, precisos en su carácter si no en los detalles, preparados para mí por supercomputadoras. A la partida y a la llegada conté con una carta náutica detallada donde se representaba mi barco en su posición, exactamente en relación con todo lo demás que figuraba en ella.

Aproximo a la Isla Faial

Hoy en día, cualquiera que tenga plata, un barco e interés puede cruzar. Muchos lo hacen, generalmente como un pequeño grupo familiar o de amigos. Me encontré con una docena de otros veleros en el camino, prácticamente tantos como buques de carga y petroleros.

Pueblo de Horta al lado sur de la Isla Faial

Al final, lo que importa es lo que me importa a mí. Mi querida amiga Raquel lo expresó mejor: «Todo lo que sientes, y cómo lo haces consciente, es más que haber hecho un retiro en uno de esos monasterios tibetanos que están en las cimas de las montañas de Nepal…». ¡Ja! De verdad. Además, «tuviste la decisión de emprender esa travesía, superando dudas y temores. Cuando llegues no serás el mismo. Llegarás cargado de presencia, de actos mínimos que se convierten en totales y resignifican la vida.»

Monte de Guia, Faial

Navegué dos mil quinientas sesenta y una millas náuticas para atravesar una distancia de mil ochocientas millas. Transcurren 21 días, 23 horas y diez minutos de subir hasta bajar la ancla.

Lo que dijo mi amiga sabia. Por eso es.

Puerto de Horta, Faial, Azores

categorías: navegación
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